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Columna de Opinión: Coraje cívico
6 abril 2017

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Mensaje de Pascua de Resurrección 2017

Una vez más, en nuestro hoy, en la realidad personal y social de la historia que vivimos, resuena la buena noticia de la victoria de Jesús sobre la traición y la muerte. Es la Pascua de Jesús, también nuestra propia Pascua y la Pascua de la entera humanidad. En efecto, venciendo la muerte y el pecado, el Resucitado ha injertado su Vida divina en nuestra propia carne mortal, devolviéndola a su más alta dignidad. Pascua es la fiesta que proclama que el amor es más fuerte, más fuerte que la muerte, que la corrupción y el odio. Pascua es el acontecimiento que anuncia que la luz puede vencer la oscuridad de las largas noches de dolor y que encamina la aventura humana hacia las nuevas metas de un futuro mejor. Es la fiesta de la esperanza, de la esperanza verdadera, de la que no engaña, la que sola puede disipar las tinieblas del corazón, muchas veces agobiado por el dolor, el miedo, el odio homicida o el sinsentido de la existencia.

El paso de la muerte a la vida de Jesús, es la buena noticia que los creyentes proclamamos y deseamos compartir con todo hombre y toda mujer, que desde lo más hondo de su ser, anhela esa agua viva que apaga la sed de vida y de felicidad…

Insatisfecho de tantas experiencias efímeras y caducas, Agustín de Hipona, sigue señalando al hombre contemporáneo, la única fuente que puede apagar el propio deseo de infinito: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que no descansa en ti”, escribe en sus Confesiones.

Tal vez, ¿no será este el vacío que el hombre contemporáneo no acierta a llenar, a pesar de todos los adelantos tecnológicos alcanzados? ¿No será esta tragedia la que lleva a la humanidad a tantos desencuentros, a manifestaciones inhumanas de terrorismo, guerras fratricidas y estilo de vida del más brutal egoísmo? ¿Hemos sabido discernir la fuente de donde brota la esperanza que no defrauda; de Quien anima a decidirse a optar por la vida del más indefenso, la justicia, la solidaridad, la paz y la comunión?

Con humildad, y sabiéndonos nosotros mismos mendigos ciegos de esta verdad y de esta esperanza, en cada fiesta de Pascua, acogemos la invitación a fijar la mirada en el Salvador del mundo colgado en la Cruz, constituido Señor de la Vida e invitamos a quienes nos rodean a detenerse un instante para fijar la mirada en la Cruz y en Quien en ella se encuentra crucificado. Es Jesús de Nazaret, abandonado por sus amigos, vendido por uno de sus discípulos en treinta denarios, traicionado por una multitud esclava de la propaganda, derrotado por los poderes hipócritas de los dominadores de este mundo. Es Cristo glorioso y resucitado, el único que puede abrir el entendimiento y el alma, para intentar comprender el misterio de las derrotas humanas, mientras ofrece la clave para transformarlas en victoria, para cada persona y la entera sociedad.

En las manos del Padre, la muerte se transforma en vida que no muere. Dios no abandona, nunca abandona. Se trata de confiar y de abandonarse en sus manos. La resurrección de Jesús es la omnipotencia del amor, de un amor que restituye la vida y la restituye con abundancia.

Amigos, amigas, que en la existencia diaria de cada creyente se haga visible la vida y la esperanza que Jesús ofrece en su Pascua; que su promesa no quede escondida, sino manifiesta, especialmente para cuantos sufren en su cuerpo o en su espíritu. Solo de Cristo resucitado nace y renace el mundo nuevo. Con Él crece y se agiganta la esperanza que no defrauda.

Para todos, una feliz y bendecida fiesta de Pascua. Su bendición los acompañe.

+ Ricardo Card. Ezzati Andrello Arzobispo de Santiago

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