Aborto: por un debate inclusivo
Claudio Alvarado R.
Profesor UC e Investigador IES

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26 de Enero
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Editorial de la semana
 

Aborto: por un debate inclusivo

Claudio Alvarado R.
Profesor UC e Investigador IES


En su discurso ante el Congreso el último 21 de mayo, la Presidenta Michelle Bachelet anunció que el gobierno promovería la legalización de tres hipótesis de aborto. Según sus propias palabras, el objetivo no sería consagrar el aborto libre, sino "reconocer una realidad" y despenalizar ciertas conductas en determinadas circunstancias: riesgo de vida de la madre, violación e “inviabilidad” del feto.

Sin duda esas hipótesis de aborto aluden a casos dramáticos, y tanto la sociedad civil como el Estado deben ofrecer alternativas de apoyo eficaces y al alcance de todos los ciudadanos: la cultura de la vida, para ser tal, debe traducirse en propuestas y proyectos concretos (razón por la que, dicho sea de paso, sólo cabe aplaudir las iniciativas de apoyo al embarazo vulnerable que hemos conocido las últimas semanas).

Con todo, que esas alternativas de apoyo aún no tengan alcance masivo no implica aceptar a priori las hipótesis de aborto que se están invocando. En rigor, el asunto es bastante más oscuro de lo que a primera vista podría pensarse y, por lo mismo, existen muchas dudas que exigen ser aclaradas. 

Aquí no existe ninguna exageración. Por lo pronto, y sin afán de ser exhaustivos, pensemos en lo siguiente: ¿efectivamente tenemos certeza de cuántos abortos clandestinos se practican en el país? ¿En qué consiste en realidad el llamado aborto terapéutico? ¿Qué lo diferencia del aborto libre? ¿Es irrelevante que en nuestra práctica médica se realicen a diario aquellos tratamientos que requieren las madres cuya vida corre peligro? ¿Qué quiere decir, en este caso, despenalizar? ¿Son susceptibles de ser tratadas (y juzgadas) del mismo modo las distintas causales señaladas por la Presidenta de la República? ¿Es indiferente que los abortos por violación o por “inviolabilidad” fetal —pese al innegable drama que envuelven— no persigan sanar una enfermedad?

Las preguntas anteriores merecen una respuesta bien fundada. En especial porque si nuestro punto de partida no es considerar al aborto como algo bueno, ni tampoco como un derecho exigible por la mujer en toda circunstancia, lo fundamental debe ser el análisis de aquellos casos en los que, según algunos, sería necesario terminar con la vida del niño no nacido. El debate debiera consistir, precisamente, en analizar si existen razones suficientes (y cuáles serían éstas) para avalar una conducta que, en términos generales, rechazamos.

Un análisis de esa índole tiene ciertas exigencias, y la primera de ellas es pensar en la dignidad de todos los sujetos involucrados, que por lo pronto son dos: la mujer enfrentada a una situación en extremo difícil, y el niño o niña que está por nacer. En todo caso, también cabe agregar al padre —sus responsabilidades e intereses suelen ser olvidados en esta polémica—, a los facultativos médicos y, en general, a todos aquellos que se relacionan de una u otra forma con la gestación de una nueva vida.

Cualquier criterio que no considere la integridad de todos los involucrados implicaría o bien una discriminación injusta, o bien cambiar el marco de la discusión y asumir una postura en favor del aborto libre. Por eso, por el bien de todos los niños que están por nacer —ese niño o niña que todos fuimos alguna vez— es de esperar que tengamos un debate serio e inclusivo: un debate que considere a todos quienes afectaría una ley de aborto.



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