Fiesta del Apóstol Santiago
Diego García
Profesor de Filosofía

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28 de Enero
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Editorial de la semana
 

Fiesta del Apóstol Santiago

Diego García
Profesor de Filosofía


Misionar hasta el nuevo extremo

La tradición atribuye al Apóstol Santiago haber llegado hasta la península ibérica, al extremo occidental del mundo conocido en ese entonces, Finis terrae, cerca de donde se conserva y venera su tumba en Compostela, al noroeste de España. Santo Patrono de España, pues, su nombre bautizó muchas fundaciones coloniales americanas, entre ellas, nuestra ciudad. El Papa Pío IV creó la diócesis de Santiago el 27 de junio de 1561, y su primer obispo fue el bachiller Rodrigo González Marmolejo, uno de los tres sacerdotes que habían acompañado la expedición de Pedro de Valdivia veinte años antes. Mucho tiempo después, ya durante el período del Chile independiente, la Santa Sede creó el Arzobispado de Santiago, el 23 de junio de 1840. Hoy en día, la diócesis de Santiago abarca casi el 90% del territorio de la Región Metropolitana, comprendiendo 37 de sus comunas y a más de cinco millones de habitantes.

Al conmemorar a nuestro patrono, unas palabras sobre el lugar que habitamos. La nuestra es una ciudad de contrastes. En rápida expansión territorial -especialmente los últimos 35 años-, su crecimiento en este período ha sido más bien inorgánico y ha traído consigo una drástica transformación de los hábitos necesarios para habitarla competentemente. Junto a ese crecimiento muchas veces desordenado, se ha intensificado la segregación espacial que dificulta la experiencia de vivir positivamente en la enorme diversidad humana que alberga, segregación espacial que trae consigo otras segregaciones. Hoy por hoy, para muchísimos de sus habitantes, Santiago es una ciudad que agobia. La ciudad no sólo es cada vez más extensa, además sus habitantes nos vamos volviendo progresivamente más desconocidos unos de otros, tendemos a vivir entre iguales -pobres junto a pobres, ricos junto a ricos- y eso conlleva el riesgo cierto de convertirnos en personas humanamente más ignorantes o más prejuiciosas.

Pese a todo, hay expertos que sostienen que Santiago todavía tiene una oportunidad de convertirse, en los próximos veinte años, en la capital con mejor calidad de vida de Latinoamérica. Pero eso requiere de un enorme y conciente esfuerzo de coordinación y de abnegación, en una palabra, de solidaridad, de disposición a convivir con nuestros desconocidos, por diferentes que sean de nosotros mismos. Ello, para que deje de ser una ciudad con un único centro -que obliga a los habitantes de las perferias a realizar diariamente viajes interminables de un extremo a otro de la ciudad- y pueda desarrollar múltiples núcleos de desarrollo urbano donde a cada habitante le sea posible habitar en condiciones razonables y decorosas su entorno más próximo, pudiendo encontrar en él acceso equitativo a la satisfacción de sus necesidades de vivienda, trabajo, educación para sus hijos, salud, ocio y espiritualidad, para hallar en cada sitio de Santiago, sus comunas y sus barios, no sólo pan, también esperanza. Eso implica dejar atrás la codicia que ha gobernado el crecimiento inmobiliario, y apostar con decisión por una forma de convivir más despierta a las necesidades del conjunto, por sobre el interés puramente individual. Un modo de vida que recupere la escala humana, la posibilidad de saludarse en las calles entre personas que aunque no se conocen, pueden mirarse amablemente a la cara, y que así van restaurando la confianza como pilar esencial de la seguridad urbana.

Al momento de su fundación en el siglo XVI, nuestra ciudad fue llamada “...del Nuevo Extremo”. El Papa Francisco ha llamado a salir en búsqueda de otros extremos, otras finis terrae, las periferias existenciales. Mientras la geografía de nuestra ciudad se ha expandido desordenadamente, con esa expansión han surgido estas otras periferias, que el documento de Puebla llamó los “Rostros de Cristo”, aludiendo a esa extensa geografía humana cada vez que en ella hay necesidad, sufrimiento, soledad, abandono, desamor. Pero la salida hacia las periferias existenciales no se realiza como el catastro doliente de todo el sufrimiento humano, sino que es la entrega a manirrota del evangelio alegre. Probablemente, atender a estas periferias existenciales con ese ánimo biehumorado, sea un esfuerzo coincidente con aquél de hacer del territorio de nuestra diócesis una casa digna para el ser humano, mejorando sus entornos, cuidando de su espacio público, procurando comprender sus dolores para desde ahí revertir las violencias que ellos engendran, poniendo al alcance de todos, cualquiera sea su condición, los medios que hacen que dé gusto vivir la vida, que la convierten en una fiesta como la que describe Serrat, una en la que todos participamos sin exclusión y sin recelos: “Hoy el pobre y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la  mano / sin importarles la facha”.



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