Una esperanza que renueva la vida
Ricardo Ezzati Andrello, sdb
Cardenal Arzobispo de Santiago

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Una esperanza que renueva la vida

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Homilía en el Te Deum de Fiestas Patrias

+Ricardo Ezzati Andrello, sdb
Cardenal Arzobispo de Santiago


Catedral de Santiago, 18 de septiembre de 2016


Hb. 6, 9-20
Salmo 132, 11-18
Mt. 5, 1-12

Introducción

Llenos de alegría por la patria que el buen Dios nos ha regalado, nos encontramos en esta histórica Catedral de Santiago, techo común de tantos acontecimientos ciudadanos, para agradecer el camino recorrido e implorar nuevas luces y renovadas fuerzas para seguir avanzando confiados hacia la justicia, la paz y la prosperidad de todos los hijos e hijas de Chile.

Bienvenidos, bienvenidas a todos y a todas. De manera especial, a Su Excelencia la Señora Presidenta de Chile, Doña Michelle Bachelet Jeria, a las altas autoridades del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial del país, a los Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y de Orden, a las autoridades regionales, provinciales y comunales, al Cuerpo Diplomático, a los hermanos obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas de la Iglesia Católica, a los obispos y pastores de las Iglesias cristianas aquí presentes, así como a los amigos y amigas de otras confesiones religiosas, que nos acompañan. Sean bienvenidos. Dios, Padre y Creador, les conceda paz y bendición en abundancia. Felices fiestas patrias.

1.- El don de la esperanza

Los textos bíblicos que hemos escuchado hablan de la esperanza, es decir, de esa experiencia común a todos los seres humanos que invita a mirar hacia adelante, y de ese don tan esencial para la vida buena de un pueblo. Nos hemos reunido en este lugar sagrado porque nos anima y asiste el anhelo y la voluntad de alcanzar, hoy y en el futuro, esa plenitud que aún no poseemos. Estamos aquí porque «esperamos cosas mejores», porque confiamos en “el ancla firme y segura del alma”, como escuchábamos en la lectura bíblica de la Carta a los Hebreos (Hb. 6, 9.19) y porque las Bienaventuranzas del Reino, proclamadas por Jesús, son profecía de vida plena y abundante para todos y todas. Es en el clima espiritual que nos ofrece la Palabra de Dios, que deseo compartir con ustedes y con quienes nos siguen a través de los medios de comunicación social, algunas reflexiones sobre la esperanza, para que ella nos abra confiadamente al futuro que estamos llamados a construir, corresponsablemente.

Alguien podría objetar que ante a los problemas que enfrentamos en la actualidad –tan numerosos y tan urgentes–, estaría fuera de lugar hablar de esperanza. Ante los problemas actuales –se podría rebatir– hay que hablar del presente y no del futuro. Entonces, ¿por qué hablar de la esperanza?

2.- Esperanza y vida buena del pueblo

Y, sin embargo, la esperanza es lo más urgente que nuestro pueblo necesita, porque la manera como nos situamos ante el futuro, de alguna forma, modela nuestro presente. El futuro repercute en la manera como orientamos nuestra convivencia y la vida social. Es cierto, algunos modos de hablar de la esperanza futura podrían implicar una cierta desvalorización del tiempo presente y de la historia concreta, pero la auténtica esperanza no resta valor al presente, sino que, justamente al contrario, es un estímulo para un compromiso mayor con la realidad actual. La esperanza no es una virtud que adormece, una ilusión engañosa; no “prolonga el tormento del hombre”, como afirmaba un famoso filósofo. La esperanza auténtica no es una ilusión engañosa, “no se experimenta como ráfagas inconexas de pequeños relatos raquíticos”. Bien fundada, ella es esencial para la vida buena, justa y fraterna de hoy y también de mañana. Invita a levantar los ojos para escudriñar de dónde nos viene el auxilio oportuno, para extender la mirada y establecer esas alianzas fecundas que permiten caminar con criterios acertados y firme decisión de construir, aquí y ahora, un mundo mejor, más justo, solidario y fraterno. “El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.”(Benedicto XVI, en Spe Salvi, 1).

Al considerar nuestras propias actividades presentes, descubrimos en ellas una tensión hacia el futuro: elaboramos proyectos y planificamos políticas; se planean estrategias, se calculan presupuestos, se ensayan previsiones, etcétera, siempre en función del futuro. Gran parte de nuestras actividades están orientadas hacia lo que aún no poseemos, pero que esperamos llegar a poseer. Aspiramos a una educación de mayor calidad para todos y, especialmente, para los más carenciados; anhelamos mejorar el mundo laboral aumentando empleos de calidad y logrando salarios más éticos; aspiramos a que nuestros adultos mayores puedan vivir con mayor dignidad y que nuestros niños puedan desplegar sus alas para volar alto en la vida; deseamos pensiones dignas para los jubilados, acogida e integración para los numerosos inmigrantes y trato justo y fraterno para los pueblos originarios de nuestro país. Aspiramos a que la violencia sea enfrentada y derrotada con clarividencia y honestidad, buscamos una praxis política y empresarial libre de corrupción y, desde lo más profundo de nuestra conciencia de hombres y mujeres que buscan unir fe y razón, esperamos que crezca el debido reconocimiento y respeto al derecho a la vida, desde la concepción a la muerte natural.

3.- Esperanza: hechos y profecía

Ante estas tensiones, propias de la vida social, la Palabra de Dios y nuestra propia experiencia nos vienen a recordar que la esperanza no es sólo una palabra, sino, en palabras de Benedicto XVI, “una comunicación que comporta hechos y cambia la vida… Quien tiene esperanza vive de otra manera: se le ha dado una vida nueva.”(Ib. 2) y como afirma el Papa Francisco: “¡Basta que haya un hombre bueno para que haya esperanza.” (Cf. “Laudato Sí” n. 71). El Pueblo de Dios reconoce las razones de su esperanza en la propia historia: las acciones concretas de Dios eran valoradas como prenda de las futuras acciones del mismo Dios. Si bien esa historia no estaba exenta de contradicciones, de todos modos, frente a situaciones dramáticas, el pueblo reflexionaba de la siguiente manera: como en nuestra propia historia, cuando todo parecía perdido, hemos experimentado la acción salvadora de nuestro Dios, así también en esta dramática situación, es posible y es razonable volver a esperar en la salvación que viene de Dios. Las bendiciones concretas que el Pueblo había palpado, en especial la liberación de la esclavitud, eran un argumento tangible y concreto para esperar una nueva bendición.

Los Evangelios dan testimonio de cómo Jesús anuncia una esperanza de futuro y simultáneamente la realiza. La esperanza que Él proclama en las parábolas tiene una realización concreta en la vida cotidiana. Así, cuando acogía a los pecadores y se sentaba a la mesa con ellos, no sólo anunciaba la oferta gratuita de salvación que traía de parte de Dios Padre, sino la realizaba concretamente. Quienes se sentaban a la mesa con Él no sólo escuchaban acerca de la Vida en abundancia, también experimentaban en su existencia concreta aquella auténtica vida humana que era anunciada en las parábolas. En Jesús, tal como una semilla, se encierra una realidad que está llamada a desplegarse de manera abundante. Por ello, si bien la esperanza del Evangelio no se verifica de modo pleno en este mundo, sino parcialmente, de todos modos, la vida de Jesús nos muestra que lo que Él anuncia no es una ilusión, sino algo posible y que, al menos de modo germinal, ya se realiza en la historia concreta de la familia humana. Así, la esperanza se vuelve como el «ancla segura y firme de la vida» (Hb 6,19), que aunque no se ve, porque está sumergida en el fondo del mar, es capaz de dar solidez y estabilidad a la embarcación.

4.- La historia, estímulo para la esperanza

La historia de nuestra nación, como la de la Biblia, nos ofrece poderosos estímulos para la esperanza. Nuestras calles, plazas y ciudades han sido testigos de la generosidad de tantos hermanos que, a lo largo de momentos clave, han optado por el bien común y han contribuido a construir un país de hermanos.

¡Qué responsabilidad para nosotros, hoy día! Especialmente frente a la tentación de dar cabida, en la vida social, a una falsa libertad, al imperio de la injusticia, la indolencia, el cinismo, el egoísmo, la crítica destructiva, la desconfianza. Se mata esperanzas alimentando la sensación que los problemas nunca serán resueltos. Por otra parte ¡cuántas ilusiones nos vienen vendidas y cuántas nuevas esclavitudes hemos creado en nombre de estos falsos ídolos! ¿Es razonable seguir esperando? ¿No sería más realista dejar de esperar, abriendo espacios a formas anárquicas o centradas exclusivamente en los propios intereses individuales?

La celebración que estamos realizando es ya, en parte, una respuesta. Si nos hemos reunido aquí, creyentes y no creyentes, representantes de diversas denominaciones cristianas y de diferentes credos religiosos, es porque en nuestro corazón pesa más la esperanza que el desánimo. Si estamos aquí es porque, en la balanza de nuestro corazón, la convicción de que es necesario trabajar movidos por la esperanza tiene mayor peso que la desesperación.

5.- Una esperanza siempre amenazada

Vivimos una época marcada por un severo espíritu crítico. El escrutinio público es riguroso y las exigencias son, cada día, más altas. Muchas cosas que, décadas atrás, se toleraban, se consideraban normales o se pensaba que eran una fatalidad, hoy –felizmente– se consideran inaceptables. En este sentido, el agudo sentido crítico de la sociedad actual implica un importante paso adelante, del que nos debemos alegrar.

Sin embargo, esta misma agudeza para identificar las deficiencias, hace que, tal vez como nunca, experimentemos fuertemente la insatisfacción. En el arco de las últimas décadas, el desarrollo material de Chile ha sido muy grande. Sin embargo, la insatisfacción que experimenta nuestra sociedad parece que cada vez es mayor. Esta aparente contradicción nos debe llevar a preguntarnos por nuestros modelos de desarrollo, puesto que el tipo de desarrollo que hemos logrado no ha traído el bienestar humano que suponíamos.

Es cierto que la crítica amarga es destructiva y que un tipo de insatisfacción proviene del olvido de nuestra propia condición de criaturas. Sin embargo, estos dos fenómenos -el espíritu crítico y la insatisfacción-, también pueden comprenderse como una señal inequívoca de que el corazón humano espera otra cosa, algo más grande. El ser humano no se conforma con poco y, especialmente un número significativo de jóvenes, aspira a una esperanza que los lleve a alcanzar la estatura alta de su vocación humana.

6.- Una esperanza que vuelve a florecer

La historia reciente de Chile nos invita a la esperanza. Tenemos razones para esperar, porque, en situaciones críticas, nuestra sociedad ha sido capaz de mirar al bien común y lograr acuerdos que han traído tantos beneficios. Nos hace bien ser capaces de reconocer lo que hemos podido avanzar en las últimas décadas, no para auto-complacernos o llamar al conformismo, sino para confirmar que tenemos razones concretas para la esperanza. Si hoy anhelamos un mayor entendimiento y trabajo colaborativo, no podemos dejar de recordar que ha habido momentos concretos en nuestra historia en que, aún en contextos de una severa polarización, hemos sido capaces de posponer los beneficios individuales y lograr el entendimiento en función del bien común. Por eso, con el Papa Francisco, me atrevo a recordar que “hay que conceder un lugar preponderante a una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas”, porque fundada en “los grandes fines, los valores, una comprensión humanista y rica de sentido que otorgue a cada sociedad una orientación noble y generosa.” (Cf. Laudato Sí, n. 181). Tenemos buenas razones para esperar.

7.- Testigos de esperanza

Los más grandes de nuestra historia han sido personas movidas por la esperanza. Alberto Hurtado, un día 18 de septiembre, en Chillán, en 1948, decía: «Una Nación más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua y sus tradiciones, es una misión que cumplir. [...]. Chile tiene una misión… :misión de esfuerzo, de austeridad, de fraternidad democrática inspirada en el espíritu del Evangelio». Esta esperanza del padre Hurtado no era una ilusión. Porque, de alguna manera, aunque sea sólo en parte, ya se posee aquello que se espera: los que luchan por la paz, en parte ya gozan de ella; los que se esfuerzan por defender la dignidad de todo ser humano, ya con su vida realizan ese ideal. La esperanza no es sólo cosa del futuro, también se vive en el presente. De hecho, las bienaventuranzas, que hemos escuchado en el Evangelio, no están solo en futuro: la primera de ellas está en presente. Jesús no dice: «Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos será el Reino de los cielos», sino «porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3). Son muchas las palabras del Evangelio que nos recuerdan que ya es posible, al menos en parte, vivir aquello que esperamos. “La patria es maravillosa, pero el camino que conduce a ella es duro”, decía san Agustín. “Felices los que trabajan por la paz, los que tienen hambre y sed de Justicia…” (Cf. Mt. 5,3- 11).

8.- Esperanza para todos

Permítanme destacar otra característica de la esperanza: su carácter social y comunitario. Lo más genuino del corazón humano no es esperar la felicidad sin los otros, y mucho menos esperarla en contra de los otros. Lo auténticamente humano de la esperanza es su apertura al bien común, es decir, al bien de todos. Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio recordaba este principio: el auténtico desarrollo es el que corresponde a todo el ser humano y a todos los seres humanos, es decir, el verdadero desarrollo es una esperanza que no deja a nadie fuera. Las metáforas bíblicas para hablar de la esperanza se refieren, por lo general, a la comunidad: el Evangelio habla del banquete, de la fiesta de bodas, de la ciudad, de la asamblea del cielo, etcétera, imágenes que nos hablan de aquella esperanza común, en que no sólo todos caben, sino que todos son necesarios para que se realice. La mesa es más hermosa cuando todos sus puestos están ocupados. En la mesa familiar, los puestos vacíos son siempre motivo de tristeza, a veces, de lágrimas amargas. Por ello, la única esperanza digna para nuestra patria es que Chile sea una mesa para todos, ya que “nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros.” (Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 48), la única capaz de sostener en el tiempo, la entrega solidaria a los demás, tan grande que, solos no somos capaces de producir, pero que sí, nos atrevemos a pedir con humildad.

9.- Esperanza don de Dios, tarea de todos

Por ello, hoy estamos aquí. La fe nos asegura que la fuerza de Dios es siempre más grande que la debilidad humana y que los ataques del mal. Oramos de manera diferente, pero lo hacemos juntos, porque nuestros corazones reconocen una esperanza común.

También esta oración común expresa la paradoja del ser humano, que aspira a una plenitud que es incapaz de lograr sólo con los propios esfuerzos, pero que espera recibir como un regalo. Esta gran esperanza, que va más allá de nosotros, solo se puede apoyar en Dios, el Padre del universo, que trasciende todo, el único que nos puede dar aquello que nosotros, por nuestras solas fuerzas, no somos capaces de lograr (cf. Ib. 31). Por eso, nuestra oración se hace canto de alabanza y de gratitud: el Dios de la historia no nos deja solos. Aún en medio de tantas dificultades, a pesar de nuestras propias fragilidades, podemos reconocer las grandes obras que Dios realiza por medio de los corazones de buena voluntad.

Todo esto nos lleva a cantar el “Te Deum” de la confianza: tenemos buenos motivos para la esperanza, esa esperanza que nos permite caminar hacia el futuro, confiados en aquellos brotes que nos preanuncian la plenitud que anhelamos, que nos permite vencer el miedo y el sin sentido de la vida. Es la esperanza que nos ofrece Dios, Padre de ternura y misericordia, la confianza que la vida puede llegar a su meta venciendo todos los temores, el “ancla segura” y la “esperanza que no defrauda” (Rom. 5, 5).

A la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, confiamos nuestra esperanza, la esperanza de la Patria.

Amén.



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